viernes, 20 de febrero de 2009

Animal crepuscular

El conejo es un animal de costumbres crepusculares. ¿Esto qué quiere decir? Pues quiere decir que incluso antes de que pongan las calles, el animal despertará de su ligero sueño para morder frenéticamente los barrotes, exigiendo comida y libertad.

Por ejemplo, Moka tiene por costumbre despertarme a eso de las 6'30 de la mañana para que le ponga comida. Así que, cual zombie, emerjo de entre las sábanas para llenarle el cuenco de pienso. A veces, si tengo suerte y ella ha pasado una mala noche, me deja dormir hasta que despunta el alba.

Durante el día, el conejo se mantendrá despierto, dando ocasionalmente alguna cabezada hacia el mediodía o las primeras horas de la tarde, reduciendo de manera evidente su actividad, para volver a reactivarse según muere el día.

A la hora de dormir, nuestro peludo compañero estará bastante despierto, aunque no resultará difícil hacerle saber que ha llegado la hora de descansar una vez llegada la noche, tan solo apagando las luces. Pero para asegurarnos de que tanto su descanso como el nuestro será reconfortante, reparador y sin sobresaltos, sobre todo si duerme en nuestra habitación, deberíamos procurar que al final del día se sienta un animal feliz, satisfecho y colmado de atenciones.

Los conejos no tienen precisamente un sueño profundo. Se despiertan con suma facilidad, por lo que es conveniente que su lugar de descanso sea tranquilo y silencioso. Si su dueño ronca, el animalito se mantendrá en vela, mostrando su disconformidad y enojo despertando a sus compañeros de habitación.

Como cualquier ser vivo, un conejo activo tendrá un descanso profundo, dentro de la ligereza del reposo conejil, claro está.

jueves, 19 de febrero de 2009

¡Bienvenida Moka!

Llevaba ya un tiempo dándole vueltas al tema de los conejos. Desde hace años, para que negarlo, he querido tener uno.

Solía pasar por las tiendas de mascotas y no podía evitar acercarme a estos peludos animalitos. Me parecían monísimos. Estos seres con aspecto de peluche, moviendo su nariz frenéticamente, acurrucados unos junto a otros o dando saltitos de alegría, despertaban mi sensibilidad. Lo sé, es como vomitar algodón de azúcar. Es curioso, pero me pasa algo parecido con los chinos.

El caso es que quería tener uno, y ahora que vivo independizado vi la oportunidad. Pasé por una tienda de animales, vi un ser más peludo aún que el resto, de color indefinido entre canela y gris azulado, dio un saltito y... cuando me quise dar cuenta salía de la tienda con bicho, jaula y accesorios.

Era 19 de noviembre y el conejo debía tener unos tres meses. Los primeros días fueron difíciles. Yo no sabía nada de conejos, salvo que se podían hacer al ajillo, así que se dedicó durante un tiempo a poner a prueba mi paciencia. Se meó en el sofá, se meó en la cama (varias veces), se comía los cables, se comía los muebles, se comía mis zapatillas... En fin, además del coste de manutención, me originó muchos otros gastos, como un cable de red, un cargador de móvil, otro de antena de tv y varios zurcidos y lavadoras. Es lo que tienen los padres primerizos. Además, era tan joven que se cagaba por todas partes. Pasé mucho tiempo recogiendo conguitos, hasta el punto de llegar a plantearme la posibilidad de hacerlo al ajillo.

Afortunadamente, con tiempo todo se cura. Ayudó mucho que el animal fuera creciendo rápidamente y se mostrara receptivo. Sólo necesitaba un poco de disciplina, paciencia y una habitación a prueba de conejos.

Ahora, Moka es un ser sociable, obediente, cariñoso y con mucho carácter. Y peludo, muy peludo.